| 28 Agosto 2011

En un bosque vivía una serpiente venenosa. Nadie se atrevía a pasar por allí, por miedo a ser mordido por ella.
Un día, un santo pasó por delante de la cueva donde vivía la solitaria serpiente y ésta salió para atacarle. Cuando se acercó al santo, éste la paralizó con una profunda mirada que hizo perder la ferocidad del animal y consiguió tranquilizarla ante su dulzura y bondad.
El santo aprovechó el momento para preguntarle:
- ¿Pensabas morderme, amiga mía? ¿Por qué? ¿Qué te he hecho yo para que me ataques? No puedes ir por ahí mordiendo a todo aquél que pase por este bosque.
La serpiente, avergonzada y sin saber qué decir, permaneció en silencio. El sabio continuó diciéndole que había que respetarse y amarse pues todas las criaturas somos hijas de Dios.
Al oír aquello, la serpiente frunció el ceño y explicó al sabio que si no defendía su territorio podrían expulsarla de su cueva. Por toda respuesta, el santo le dirigió una nueva mirada a la serpiente, mientras movía su cabeza expresando no estar muy de acuerdo con lo que oía. Dirigiéndose de nuevo a la serpiente, le dijo:
- Piensa en lo que te he dicho y no vuelvas a hacer daño a nadie en el futuro.
La serpiente prometió meditar las palabras del santo, y regresó a su cueva observando cómo éste se alejaba por el camino hacia el pueblo.
Desde aquel día, comentaban que la serpiente había comenzado a llevar una vida tranquila, pacífica y contemplativa dedicada a la meditación, sin hacer daño a nadie.
Los habitantes del pueblo cercano, al enterarse de la santidad de la serpiente, comenzaron a molestarla y darle todo tipo de malos tratos. Los niños le tiraban de la cola y los mayores le arrojaban piedras, sin dejarle un momento de respiro, por lo que su sufrimiento parecía no tener fin.
Pasó algún tiempo y el santo volvió a pasar por el mismo bosque de la serpiente. Al observar que ya no salía a morderle, comprendió que la serpiente había seguido sus consejos. Se acercó a la cueva de la serpiente para felicitarla y observó que se encontraba escondida en lo profundo de su madriguera, temerosa, envejecida, maltrecha y con semblante muy triste.
El santo le preguntó qué le había ocurrido, y la serpiente le contestó que todo era debido a seguir sus consejos.
- No hago daño a nadie, como me enseñaste, pero desde ese momento los humanos me maltratan y me hacen todo tipo de vejaciones.
Al oír aquello, el sabio sonriéndole le dijo:
Amada amiga mía, yo simplemente te aconsejé que no estuvieras atacando y mordiendo a todo aquél que pasara por tu cueva, pero nada dije de que no pudieras asustarles para defenderte. Igualmente, aunque no les muerdas,
- debes enseñar los dientes para que nadie se acerque y, de esta forma, mantenerlos lejos de ti.
ENSEÑANZA
No hay nada malo en enseñar los dientes a quien desee hacerte daño, para protegernos y no dejar que abusen de nuestra bondad. El ser pacifico no debe ser nunca signo de debilidad. La persona espiritual tampoco se debe dejar oprimir por aquellos materialistas que piensan que la persona noble y con cualidades santas no se va a defender.
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